Luces del alba

by OPOB

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OPOB (Otra Parte Oro Band) en vivo en ZenBA, 20/03/15.

lyrics

LUCES DEL ALBA

Laxo en un sofá, casi una mancha,
pesadamente,
un hombre duerme como sólo puede dormir
quien realizó una vieja fantasía.
¿Pesadamente, ha dicho alguien?
¿No será mejor decir que duerme con gran hondura?
Pongamos que duerme como si sólo fuera a despertar
cuando el sueño decida que quiere retirarse.
El hombre está abandonado a la voluntad del sueño.

Un número de observadores, moscas, coludos,
crisomelas, busiris, libélulas,
abejorros, jejenes, mariquitas y otros bichos
y también espectros desterrados de la
memoria del hombre, imaginarios criados o servidores,
un compañero de trabajo quizás.
un par de ficticios amigos ausentes y solícitos, parientes lejanos incluso,
es decir un buen grupo, aunque disperso y sin gran relación
entre sus miembros,
en definitiva,
un popurrí de gente y animalitos,
se aglomera en torno a los suaves ronroneos del hombre,
susurros, casi nada,
porque lo sugerente es que en realidad
el hombre duerme pero no ronca y todo indica que no sueña.
Así que estos sujetos diversos --¿qué hacen ahí?
¿quién les dio permiso?--
analizan la escena,
y se preguntan por el origen de esa placidez bestial.

Es de madrugada.
El hombre viste una suerte de pijama,
No una suerte de. Es un pijama de seda arlasiana,
viejo pero impecable en su nobleza,
como se conserva siempre la seda arlasiana,
y no carente de exotismo. Un pijama amplio, quizá demasiado,
fresco, fortuito, ideal para dormir sin soñar,
y con dos manchas de manteca,
o aceite
o baba que no se ha secado.
En el suelo hay una copa con restos de coñac,
y está el botellín de coñac por la mitad,
y al lado una pastilla de Todolvide que el hombre olvidó tomar,
prefirió no tomar o,
esta hipótesis cunde entre los circunstantes,
consideró que no tenía la menor necesidad de tomar.
De los mofletes del hombre que duerme emana un aire
de templanza terso, terso como las corvas de un recién nacido.
Los observadores se desviven por especular.

A ver. Veamos.
Puede que el hombre –que no es gordo, aunque sí corpulento—haya logrado, cuando no lo esperaba, que le regalase una noche una mujer con dos brazos, uno desnudo, el otro enguantado, una mujer completa, la inmemorial histérica de pelo caudaloso y cojines aromáticos, que después de entregarse a él una vez le ofreció champán rosado.
Esa es una posibilidad.
Otra sería que el hombre haya abofeteado a un camarero
socarrón, o al portero de una sala de baile sofisticada que quiso rebajarlo,
o incluso a un millonario que alguna vez fue amigo suyo, compinche o algo así,
y se había puesto insolente.
O bien, volviendo atrás:
que en el último momento, presa ya de los cojines de la mujer satinada, el hombre haya tenido la precaución de renunciar al obsequio,
y así haya salvado su vanidad y se haya salvado de una pasión peligrosa.
La opinión más intrépida es la de una polilla esmeralda:
Este hombre –dice (la polilla)— ha captado el instante glacial en que el día se hace noche. O ese otro instante, indefectible, en que un poco de vapor se hace agua y el tiempo retrocede.

Tal vez robó una toalla en un hotel.

Tal vez sea un pintor cultor del arte por el arte
y antes de venderlo haya quemado su mejor cuadro,
o, como escarmiento a la crítica,
haya destruido el carísimo cuadro de un pintor insulso y celebérrimo.

¿Habrá asesinado a un pederasta, a un pirómano
que un especulador de bienes raíces contrató para que incendiara un bosque,
humillado a un senador racista?
¿No será este hombre un diputado íntegro que por fin se dio el gusto de vomitar en el parlamento,
antes de dimitir de la política para siempre?
Puede haberle dicho a su hermano, un tipo desdeñoso y reprochador,
que en realidad nunca lo quiso.

Una posibilidad es que haya reunido por fin a la mujer que más
lo atormentó con sutilezas y al amigo que más presume de conocerle el alma,
dos personas muy competitivas, y atestiguado cómo el previsible triángulo se hacía añicos en un tiroteo trivial de inteligencias.

¿Habrá conocido, en el toilet de un hotel, en un parque, en un ascensor,
la profundidad precisa de su capacidad de caída?
¿Se habrá dado cuenta de sabiendo hasta dónde puede caer exactamente
ya no teme desplomarse?
Habrá entrado al teatro lírico con una rata en el bolsillo para acariciarla en público durante la obertura del segundo acto de un operachi lleno de grandeza?
¿Y si se hubiera comprado un coche terriblemente caro? 
¿Roto a martillazos un medidor de presión?
¿Puesto una bomba en la envasadora de una bebida cancerígena?
Algunos observadores ruegan a otros que se dejen de decir paparruchadas.
Una hierbera se inspira e improvisa:
Puede ser un amante del teatro de la vida que ha dilapidado una herencia escuálida sufragando la comedia sobre una noche de amor entre un declinante profesional del billar y una joven profesora de estadística echada de su casa, sin padres, privada de amigos por exceso de arrogancia, una historia que, leída en una moderna novela de Tal y Cual, le pareció inverosimil y aberrante pero nunca dejó de acuciarlo. Hacer realidad teatral una novela abominable es un logro difícil; ¿no vale entonces una pequeña herencia?
Puede. Pero si satisface, ¿por qué?

¿Qué otras cosas satisfacen tanto como parece que algo satisface a este hombre?
Será un timorato que se emborrachó por primera vez en su vida?

¿Por qué duerme este hombre tan pesadamente?
¿Por qué está casi muerto? Si bien se mira, tiene párpados traslúcidos, inmóviles.
Y sobre todo, se preguntan los observadores, ¿por qué después de un hecho sin duda tan concluyente, tan narcótico –patente en la quietud de gran nenúfar del hombre que duerme—, se recostó en un sofá con un pijama de seda arlasiana, también conocida como sedosa de Arlás, para los pocos que conocen una tela tan inhabitual?
Quizá la mujer que le permitió amarla por una noche gloriosa no tenía dos brazos sino uno, o era desdentada.

¿Existe alguna relación entre las fantasías y el hábito?, musita un abejorro.
Por favor, basta ya de volcar en los sueños de este hombre
los chatos contenidos de un grupo de normal de caletres.
Pst, ¿O alguno acá cree que podemos concebir una fantasía
que no sea fruto de nuestra pobre vivencia?

Los observadores se inquietan.
Ajustan la mirada.
No se podría jurar que ese hombre satisfecho está genuinamente vivo.
Hay un estado de la vida de algunas criaturas, dice un mosquiito,
En que una tristeza o un abatimiento muy grande
O una herida
Sume el ser entero en una especie de tumba anímica,
Donde se siente muerto, hasta que poco a poco comprende
Que esa muerte irreal es una complacencia,
Y vuelve a la vida, endurecido, límpido,
Capaz de hablar y de vivir porque sabe lo que
Es estar destrozado.
Pero libre ya de tener que dar respuestas
A otros o a sí mismo, y de pensar cuando es hora de dormir.
Un amigo del hombre, supuesto amigo, visto
Que no sabe cómo se llama, dice:
Este hombre es pura levedad
Porque se ha librado de la tiranía de su propia presencia.
¿Entonces no va a volver en sí?
Y, a lo mejor la tumba del alma le
Pareció una morada comodísima.
Esté donde esté, se siente cómodo, ¿no es cierto?
¿Pero cómo sabemos qué siente?

¿Y si es una conciencia despierta,
Activa y asustada dentro de un cuerpo indiferente?
Si el cuerpo está plácido porque no sabe lo que
Se cuece en la mente?
¿Siempre sabe un cuerpo
Lo que padece una conciencia.
Qué idiotez, qué macabro, zumba una mosca.
Me niego.
Qué ganas de trasladar al hombre el horror de nuestras mentes, dice un servidor;
La suciedad de nuestros prejuicios. No, no: este hombre
Ha vencido la compulsión esclavizante
de repetir un acto que no le servía para nada, o varios actos,
Como masajearse los pies varias veces o ponerse cada mañana una camisa limpia,
O tomar cinco tragos de agua antes de acostarse para que el día siguiente
fuera un buen día. Y esas victorias sobre el pensamiento mágico
se celebran con una quietud desmesurada.
Sobreviene alrededor del hombre del pijama
Un gran respeto, aunque tan reverencial que delata cierto rencor.
Porque, ¿cómo no envidiar a un hombre que duerme así,
Cuando alrededor hay un parloteo escandaloso?
¿Este hombre se ha librado de su propia presencia?

No sería un disparate decir que a lo mejor se murió de contento.
Como un colapso de sí mismo, dice un simulador de pariente.
O al contrario: un vaciamiento de sí.
¿Pero qué acto vacía o satisface tanto como para dormir a así, mucho más que cuando se dice que alguien duerme a pierna suelta,
porque de hecho este hombre tiene las piernas una pízca flexionadas,
en un sofá, no en una cama y enfundado en un pijama de seda de Arlás?
Buee, resoplan las libélulas.
Si duerme, mejor no despertarlo
Si algo dentro de él está velando, trabajando
En disipar el temor y el sufrimiento,
más vale
dejarlo en paz,
hasta que ronque
y sus ronquidos lo despierten.

Aceptado.

Por algunos, muy a regañadientes.

Retirándose a sus recurrencias, las moscas zumban en las zonas de penumbra. Los servidores ficticios enfilan hacia otros dilemas.
Pero los presuntos de la memoria del hombre se quedan ahí al acecho,
carburando.
Esos son siempre igual de plomizos.
No toleran ver una persona saciada,
Y encima desnuda, aunque esté en pijama.
Por cierto: el pijama, venimos diciendo.
Así es.
El pijama.
Al quieto resplandor del pijama de seda de isla Arlás,
la respiración del hombre aplaca el polvo del aire de alborada.

Fuera de esa habitación, a nuestro alrededor, se encienden unas luces.
Hay moscas aquí también. Bichitos. Ninguna sabandija.

credits

released March 24, 2015
Marcelo Cohen: texto, voz; Francisco Ali-Brouchoud. Eduardo Rey: electrónica en vivo.

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OPOB Buenos Aires, Argentina

OPOB es una confluencia de monomedios: imagen, palabra y sonido acercan sus recursos particulares para contar historias en un mismo tiempo y espacio, conformando con entrelazamientos calculados y encuentros fortuitos un ambiente de significaciones deslizantes e impuras.

Marcelo Cohen: textos, voz / Eduardo Rey: fotografía, live electronics / Francisco Ali-Brouchoud: live electronics
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